Un proyecto acotado, con decisiones y restricciones reales de por medio.
Una firma de servicios profesionales con oficinas en Buenos Aires y Córdoba trabajaba con un flujo de reservas de reuniones que se desarmaba cada vez que arrancaba la temporada alta de presentaciones a inversores. Entre marzo y junio, los gerentes comerciales agendaban entre ocho y doce reuniones semanales con fondos y family offices, y el proceso dependía de una planilla compartida, correos cruzados y la memoria de dos asistentes. Cuando un fondo reprogramaba, todo el resto de la semana se movía en cadena y nadie tenía una vista clara de qué propuesta correspondía a cada reunión.
El pedido no era "digitalizar todo". Era más específico: necesitaban un flujo que aguantara el pico estacional sin sumar personal, y que dejara registro de qué material se había enviado antes de cada encuentro. La restricción principal era el tiempo: no había margen para un proyecto largo, y el equipo comercial no iba a adoptar una herramienta que le agregara pasos.
Se definieron tres momentos concretos. Primero, la carga de disponibilidad por bloque semanal, con cupos reservados para reuniones que aparecen sobre la hora. Segundo, un formulario interno donde el gerente indicaba el tipo de contraparte (fondo, corporativo, banca privada) y eso disparaba automáticamente la lista de documentos a preparar. Tercero, un cierre de día que consolidaba las reuniones confirmadas y avisaba por correo al equipo qué quedaba pendiente de material.
Lo que más costó no fue la herramienta sino el acuerdo sobre las reglas: cuántas reuniones por gerente, qué se considera una reunión confirmada y quién puede mover un bloque reservado. Esas definiciones se tomaron en dos sesiones de trabajo con los responsables comerciales, antes de tocar cualquier sistema. Sin ese paso, el flujo se hubiera llenado de excepciones en la primera semana de temporada.
El flujo entró en uso en la temporada siguiente. Las reprogramaciones dejaron de arrastrar toda la agenda y el equipo empezó a ver con antelación qué reuniones tenían material incompleto. La planilla compartida se retiró, aunque se mantuvo un resumen semanal en PDF para los directores que prefieren leer en papel. No hubo que sumar asistentes y el tiempo de preparación previa a cada reunión bajó de forma notoria, sobre todo en las semanas con más de diez encuentros.
Quedaron dos cosas abiertas: la integración con el calendario externo de los fondos, que se resolvió de forma manual, y un reporte de conversión por tipo de contraparte que todavía se arma aparte. Si querés ver cómo se aplicó un criterio similar en otro contexto, podés revisar las soluciones que trabajamos o escribirnos desde la página de contacto para comentar tu caso.
El proyecto Seasonal Booking Workflow se armó sobre la mesa de un equipo comercial que necesitaba ordenar la demanda estacional sin perder trazabilidad. Esta sección resume quién lo llevó adelante y con qué respaldo se puede consultar.
Daniela Lopez Ruiz dirige la práctica de consultoría comercial en Pitch Your Face Off. Trabajó más de una década coordinando equipos de ventas B2B en empresas argentinas con ciclos de compra largos y picos de demanda marcados por temporada. En este proyecto se ocupó del mapeo de etapas, de la definición de criterios de priorización y de la revisión de las planillas que el cliente ya usaba. Antes de proponer cambios, documentó el flujo real de reservas durante dos temporadas completas para distinguir la estacionalidad genuina de los cuellos de botella internos. Claudia Herrera Castro acompañó la parte de tablero y seguimiento, y Valeria Herrera Romero revisó la consistencia de los datos de pipeline antes de cada corte mensual.
Antes de avanzar con la implementación, conviene dejar por escrito qué entra y qué no entra en este proyecto. Seasonal Booking Workflow nació de una situación concreta: una empresa de servicios B2B con picos de demanda entre marzo y junio, y otra vez en septiembre, que perdía oportunidades porque el equipo comercial y el de operaciones no compartían el mismo calendario. Las definiciones de abajo no son un resumen comercial, son el marco con el que se tomaron las decisiones durante el armado.
La galería reúne capturas, tableros y documentos que usamos durante la implementación del flujo de reservas estacionales en una operación comercial con picos marcados entre marzo y noviembre. Cada pieza responde a una decisión concreta: qué se automatiza, qué se deja manual y por qué.
El punto de partida fue mapear la capacidad real por semana y por tipo de servicio. Antes de tocar cualquier herramienta, el equipo comercial necesitaba ver dónde se acumulaban los pedidos y en qué franjas quedaban huecos que nadie ocupaba. La captura muestra el tablero inicial con la ocupación promedio de las últimas seis temporadas.
Una hoja simple, sin fórmulas exóticas: cliente, historial de reservas, anticipación habitual y sensibilidad al cambio de fecha. Esa matriz define quién entra primero cuando la agenda se ajusta. La decisión de mantenerla en una planilla en lugar de un CRM fue deliberada, porque el equipo de operaciones la revisa a diario y necesitaba editarla sin depender de sistemas.
Aquí se ve el diagrama del flujo que dispara confirmaciones automáticas a las 48 horas y recordatorios a las 12. Lo interesante fue el recorte: dejamos fuera los recordatorios por WhatsApp porque el área legal pidió revisar el consentimiento antes de habilitarlos. Quedó documentado como pendiente para la próxima temporada.
Las cancelaciones dentro de las 24 horas previas son el caso que más dolores de cabeza genera. El protocolo define quién llama, en qué orden se ofrece el cupo liberado y cómo se registra el motivo. La imagen corresponde al pizarrón que usamos en la sesión de trabajo con el equipo de atención, antes de pasarlo a un documento formal.
El reporte que se envía cada lunes al gerente comercial: ocupación por franja, cancelaciones, reservas rechazadas por falta de cupo y tiempo promedio de confirmación. Con esos cuatro números se decide si la semana siguiente necesita refuerzo o si la capacidad está bien calibrada. La captura corresponde a la tercera semana de implementación, cuando ya había datos comparables.
La última pieza es el manual de traspaso: reglas, responsables, calendario de revisión y criterios para modificar la matriz de prioridades. Sin este documento, cualquier cambio de personal rompe el flujo. Se entregó impreso y en versión editable, y se acordó una revisión conjunta al cierre de cada temporada.
Mapeó el recorrido completo de una reserva estacional: desde la consulta inicial hasta la confirmación de cupo. Definió qué etapas debían quedar fijas y cuáles podían adaptarse según el volumen de cada cuenta, y documentó los puntos donde el equipo comercial solía perder seguimiento entre temporadas.
Trabajó sobre los límites reales del sistema: cuántas reservas simultáneas aguanta cada franja, cómo se liberan los cupos no confirmados y qué pasa cuando dos cuentas piden el mismo bloque. Su aporte fue traducir esas restricciones en reglas simples para el equipo que carga los datos todos los días.
Armó el tablero mínimo para seguir el comportamiento de cada temporada: tasa de confirmación, tiempo entre consulta y cierre, y motivos de cancelación. Insistió en no sumar indicadores que nadie fuera a mirar en la reunión semanal, y en dejar registro de las decisiones tomadas durante la prueba piloto.
Acompañó la puesta en marcha con los primeros equipos que adoptaron el flujo. Ajustó plantillas de seguimiento, capacitó a los responsables de carga y recogió las fricciones que aparecieron en la segunda temporada, cuando el volumen creció y las reglas iniciales quedaron cortas.